jueves, 16 de junio de 2011

Una anécdota sobre una cáscara de banana



En 2004 hice un curso de creatividad en la Escuela Superior de Creativos (un nombre, en mi opinión, demasiado pomposo y publicitario). Ese año, con mi compañero Maximo Biafore quedamos seleccionados para participar en Creativiña, un concurso de creatividad publicitaria para estudiantes, que se hacía (no tengo idea si se sigue haciendo) en Viña del Mar, Chile.

En el concurso participaban duplas (redactor y director de arte) de estudiantes de diferentes instituciones educativas (de publicidad) de Latinoamérica. Es un poco como el Young Lions de Cannes, pero sudaca. La dinámica era la siguiente: te daban un brief, una máquina de fotos digital, una computadora sin nada más que un programa (el horrible Free Hand) y te metían en un cuarto. En una hora había que pelar una aviso ficticio para la radio Rock and Pop de allá. El eslogan que inventamos respondía directamente al brief. Estábamos seguros de que la primera clave para ganar era atenerse al brief (cosa que muy pocos publicitarios hacen y menos aún los estudiantes). Había que decir que esta radio te ponía al tanto de las nuevas tendencias.

Una vez que tuvimos el eslogan, el azar hizo el resto. Nos habíamos pasado mucho tiempo pensando cómo ilustrar ese concepto y estábamos en el horno mismo, camino a la desesperación típica del último momento. Claramente íbamos a perder. Cuando de repente, se abrió la puerta y trajeron el almuerzo. Y parte del almuerzo era una banana, de postre, para cada uno. La idea vino luego de mirar al vacío, no pensar en nada y luego mirar la banana. Inspiración pura, sin mente. La actuación de Maxi hizo el resto (es el que está en la foto). La placa la sacamos en el patio que había detrás del cuarto.

Siempre me acuerdo de ese caso. Recién estaba backupeando y encontré la imagen. Finalmente salimos segundos en el concurso. Yo creo que nuestro aviso era muchísimo mejor y más claro que el que salió primero. Pero eso no importaba. Ganar algo, para mi un segundo lugar era tremendo, nos dio mucha confianza. Fue uno de los mejores momentos de mi vida. Esa noche nos emborrachamos en la fiesta del evento y pensamos que a la vuelta nos efectivizarían en Walter Thompson, la agencia en donde estábamos haciendo nuestro trainee o que nos llamarían para contratarnos de Del Campo (uno de los jurados era su director general creativo). Obviamente había visto demasiadas películas de Hollywood y eso nunca sucedió. Al año terminé huyendo de la publicidad para siempre, al borde de la locura.

Maxi se fue luego a CraveroLanis y después de un tiempo tuvo a su hija y se armó su agencia. Yo me fui a Petrobras y después de un tiempo también me abrí mi propia cosa. Todavía seguimos siendo amigos.