miércoles, 28 de septiembre de 2011

Bob Dylan



Cuando me compré John Wesley Harding, allá por mis 20 años, no sentí nada por Dylan. De hecho abandoné el disco, tras algunas oídas. En ese momento me obsesionaba un poco Hendrix y compré el disco porque tenía el original "All along the Watchtower", que Jimmy había versionado.

Dylan comenzó a interesarme por "No direction home", es decir por Scorsese. Es decir, ¿si Dylan fuese un ABSOLUTO desconocido para el mundo, y me pasaran todos sus discos de los 60, como un demo de alguien cualquiera, ¿me interesarían? Creo que sí, un poco, pero hasta ahí. O tal vez me gustarían mucho, pero no haría tanto quilombo. No iría mucho más lejos la cosa.

Es decir, me interesa Dylan por lo que lo rodea, no solo por su música (y eso es lo menor creo) me interesa como líder espiritual. Me interesa como maestro. Me interesa su vida, como me puede interesar la vida de un poeta (Rimbaud, Borges), más que su obra. Porque, en algunos, el arte es secundario. Es solo un peldaño para algo que está mucho más arriba.

La música de Dylan me interesa más que nada por el espacio al que me eleva y me conecta. Por su sinceridad directa, no por su cualidad formal o técnica. ¿Poesía? Sí, muy bien, pero no entiendo nada. ¿Rítmica, nuevos sonidos, folk? Bueno, está buenísimo, pero ¿qué?. Encuentro algo mucho más allá de todo eso. Se me hace absolutamente evidente por momentos.

Me interesa Dylan por la gente que tocó, por sus acciones, sus visiones, sus aventuras, sus dichos. Lo siento, como dijo alguna vez, tal vez medio exagerado, Jack White, como un segundo padre. En mi caso no como un padre, porque mi viejo es irremplazable, pero sí siento su presencia intensamente en vida, tal vez un maestro.