martes, 4 de octubre de 2011

Sobre Krazy Kat

Un texto que me pidieron para el sitio de la librería y editorial Eterna Cadencia. Gracias a Florencia Parodi por la invitación.
Post original acá.

Me pidieron palabras sobre “un libro que le recomendaría a un amigo por puro capricho”. Ese libro tendría que ser el compilado –en forma de ladrillo– que editó la editorial norteamericana Fantagraphics en agosto de 2008, y que trae todos los dominicales a color de Krazy Kat, desde 1935 a 1944.

George Herriman, su autor, es, para mí, lo que Rimbaud es a la poesía o Picasso a la pintura: alguien que inventó su propio sistema. Herriman agarró el cómic en sus inicios y se puso a jugar como un perro con un hueso nuevo. Todos los días hacía eso. Se nota que él se divertía. Y lo hizo durante muchísimos años, sin parar. Cada vez mejor. Él me demostró que, como dice William Blake en sus proverbios, “crear una pequeña flor es un trabajo de siglos”.

El autor de Krazy Kat, descendiente en parte de nativos norteamericanos, estaba, en mi opinión, en contacto con el más allá. O por lo menos con un más allá que la vereda de enfrente de la calle donde vivo.

¿Cómo puede representarse ese espacio inmenso que hay en la “nada misma”? ¿Cómo interpretar la quietud y la paz de un paraíso de silencio? J. R. R. Tolkien, como otros antes que él, eligió llenarlo de vegetación. Herriman, en cambio, le sacó todo el follaje al paraíso, instaló un gato, un ratón y un perro (entre otros seres), un par de montañas psicodélicas y encontró un lugar al que pocos han regresado desde entonces (tal vez sí Charles M. Schulz). ¡Y lo hizo cuando aún el medio no había aprendido a caminar!

Es como si el revolucionario Bob Dylan se hubiese transformado en eléctrico en el mismo momento en que el folk norteamericano estaba surgiendo. Así de radical veo el trabajo de Herriman y también su legado. El tipo sacudió las bases, tal vez sin saberlo, desde el comienzo. Despojó los escenarios hasta que se parecieran lo suficiente a los valles del desierto de Arizona que él conocía. Lo mismo que intentó hacer su contemporáneo, el genial Frank King, pero sin igual éxito, en las primeras tiras de Gasoline Alley.

Krazy Kat es como si tomaras al teatro “El Globo”, donde presentó algunas de sus obras Shakespeare, le sacarás las paredes y lo ubicaras en el desierto más surrealista que se te pueda ocurrir. Y luego cambiaras los actores por animales fantásticos. Lo interesante es que Herriman se quedó con algunas cosas prestadas del gran poeta inglés: tomó el ritmo del teatro isabelino y los mezcló con el léxico de la calle de Nueva Orleans. Así inventó su propio idioma.

Composición, color, guión, tipografía, línea….Krazy Herriman hizo todo. Todo de un saque. Y nos dejó con muy poco por hacer. No creo que ningún cómic de la historia, y admito que es una breve historia, se haya acercado a la bestialidad que supone Krazy Kat.

A cualquiera que me pida vivir el valor como material de elevación espiritual que puede tener el cómic, le diría que lea Krazy Kat. Que mire a través de esas viñetas, que si es posible las acompañe con una noche solitaria de verano. Y se dará cuenta, tal vez, en el mejor de los casos, lo que Krazy significa para mí: un elenco que puede ser tan intenso como la noche misma.