lunes, 4 de junio de 2012

Rayar, de Ezequiel Alemian



Ezequiel Alemian (Buenos Aires 1968) era (debe seguir siendo) un periodista-poeta-novelista que trabajaba conmigo en El Cronista (2000-2001), cuando yo era un pasante, con poca barba, de redacción. Yo tenía 21 años en esa época y el 33. Ahora tengo casi 33.

En esa época hacía publicidades en mi casa (gráficas para revista), un extraño hobby, y luego se las mostraba a la gente del diario (esto me trajo algunos problemas después).

Ezequiel me las festejó en un momento determinado, no me acuerdo por qué y al día siguiente me regaló su primera novela publicada y un libro rarísimo que se llama "Rayar".

En ese momento me pareció un delirio sin sentido, pero me gustaba mucho la tapa, muchísimo (tal vez sea mi tapa preferida de todos los tiempos) y lo guardé. También porque era un regalo de Ezequiel.

Hoy, junio de 2012, muchos años después, lo leí en serio por primera vez y me voló la cabeza. No puedo creer lo bueno que es.

El libro es un regalo de fin de año para sus amigos, autoeditado, que parte de la premisa: "Escribir una frase cada día de mi vida, que no puede ser corregida ni descartada".

Es también una especie de precursor del twitteo, de la forma de escribir fomentada por Twitter.

Me alegro tanto haberlo guardado.

Acá les copio algunos fragmentos, exactamente como aparecen en el libro:

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"Quería dejar los estudios definitivamente y vivir dedicado por entero a mis obsesiones".

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"¿Ya pasaron mis quince minutos?"

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"En silencio, en la oficina, nos mandamos mails de unos a otros, a pesar de que se trata de asuntos que podríamos decirnos sin levantar la vista, ya que estamos a centímetros unos de otros".

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"Para filmar a Babe, sacrificaron 48 cerditos".

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"No se puede estar afuera porque siempre se está adentro, y no se puede estar adentro porque siempre se está afuera".

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"Sueño que toda la familia juega al voley, y cuando saco de abajo, le digo a mi padre, sintiendo que es la primera vez que le digo lo que quiero: "Ahí va, maricón".

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"Camino varias cuadras detrás de mi hermana, a la que he distinguido en Córdoba y Maipú por casualidad, observándola: lleva un pantalón con estampado hindú, un pantalón muy ajustado, y conversa con una mujer a la que no conozco; cuando creo haberla perdido la veo en la cola de un banco, con la misma mujer, pero me doy vuelta, para que no me reconozca".

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"Solo controlo mi mente para relajarme".