martes, 20 de noviembre de 2012

El acto de mirar una vieja foto tuya.

Tu cuerpo es fuego. Sos un canal, sos un portal. Nadie te conoce, como yo te conozco. Estamos en la misma frecuencia. Yo sé como te sentís. Somos amigos principalmente. Nos hicimos amigos y luego nos amamos. La vida nos fue llevando. Ahora te veo y sé quién sos, puedo entender lo que te pasa por adentro. Tu sonrisa es la de las hadas del bosque gitano. En este momento te veo, en una foto de cuando eras niña. La mitad de tu cara está oscurecida por una sombra. En la sombra te veo como sos ahora: una madre, adulta. En la otra veo a la niña, luminosa, pero frágil. Y me pregunto si nos hubiésemos sentido atraídos, campos de energía, en aquella playa, aquel día, cuando el sol pegaba de esa manera sobre la arena. Si te veo en esa foto, sos aún más evidente para mi. La luz se te escapa por la piel. Ahora veo tu cara de adulta, entera, proyectada sobre tu rostro de niña. Sos la misma. Pero en la foto de niña te descubro con mayor facilidad. Lo certifico, te conozco, sé quién sos. Y te entiendo. Entiendo que no cualquiera puede comprenderte. A mi me pasa lo mismo. Entiendo que puedas sentirte aislada. Siento que flotamos en campos energéticos similares. Y yo también puedo quedar extrañado del mundo en pocos segundos. Te amo. Solo sé que te amo. Solo puedo decir eso. Es la única cosa de la que estoy absolutamente seguro. Moriría ahora mismo para probar mi postura. Retírenme el cuerpo en este momento si fuese necesario demostrar mi insistencia. Porque no es un pensamiento, se me escapa desde adentro. Tu luz atrae mi oscuridad y la transforma en luz, todo el tiempo. Te amo, es lo único de lo que estoy absolutamente seguro. Sos un hada y en tu cabeza brilla una corona de velas eternas. Si te hubiese conocido a esa edad, hubiese abandonado mi ejército de elfos fracasados y te hubiese servido, reina hada. Yo te entiendo, sé dónde estás, puedo comprender lo que te sucede. Tal vez podrías levantarte ahora y acompañarme hasta la orilla. Luego te propondría subirnos a una ola que nos permitiera flotar sobre su espalda. Y nos fundiríamos en una gran bola de fuego en el mar, que desde lejos sería confundida con un faro, por los marinos mercantes.

 //Kioskerman.Noviembre 2012