miércoles, 20 de marzo de 2013

Prólogo que escribí para el nuevo libro de Troche.



Los comics de Gervasio Troche son mudos. Yo me imagino que esto se debe a que alguna vez tuvo una visión del cosmos interior tan poderosa que lo dejó sin palabras.

Y, luego, solo quedó la posibilidad del dibujo.

“Yo dibujo con la goma”, me comentó en alguna ocasión. Claro que se refería, entonces, al acto de borrar el lápiz de la página. Pero creo que también quería explicarme que sus dibujos son invisibles. Al menos eso le sugerí. No porque no sean visibles para el ojo humano, sino porque se transparentan y permiten percatarse del espacio y la paz que flota debajo de ellos. O dicho de otra manera: logra concretar el aire en papel.

Por medio de estos dibujos lo conocí a Gervasio, sin conocerlo. Y luego cuando finalmente nos cruzamos, en Buenos Aires, pude ver a una persona alineada con su obra de forma muy natural.

La honestidad no se puede fingir y menos aún en un dibujo. Por eso, me atrevo a decir que estos dibujos también son invisibles porque dejan ver a una persona que no esconde sus sentimientos. Troche es un soñador, un hombre con una misión que trasciende las rutinas de nuestras vidas.

En sus páginas es común encontrarse con telescopios, linternas, faroles y ventanas. La cuestión, para Gervasio, es poder mirar. Aunque tampoco sabe qué es lo que está buscando. Tan solo indaga y luego nos enseña una pequeña parte de aquello que fue indagado. Pero esa pequeña parte es, para muchos, un valioso regalo.

Lo interesante es que los telescopios parecen apuntar hacia afuera, por la ventana, buscando los astros más lejanos. Pero en realidad miran para adentro. Un tipo de telescopio que es la gracia de algunos poseer. Que ni el más avanzado científico podría construír. El que permite la observación directa de lo que acontece adentro.