miércoles, 20 de marzo de 2013

Contacto
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Solo, frente a la inmensa verdad,
emite silenciosas palabras de amistad
que destraban ficticios mecanismos
en absoluta soledad.

Él, que aferra el desaferro
de figuras paganas en su mente,
oscuras tentaciones
traidoras hasta la muerte.

Eleva un grito hacia el techo
alejado incluso de su propio lecho
accediendo al socorro inmediato
del dueño del orfelinato.

Su pesar se alivia en flor
de loto sagrado del amor
observando apagados ojos,
faros reavivados por el
intenso fuego interior.

Su amanecer luego se estrella
desbarrancando hacia la noche
enredando enrulado aire,
mientras ángeles roncan
en cavernas de cemento.

Acepta el desconsuelo
de aquel que actúa bajo falso testamento
de ser lo que no es
y predicar lo que no importa.

Y al cerrar los ojos,
sin agrio remordimiento
ni afilado consentimiento,
saluda a la estrella
que no abandona el firmamento.

***
Kioskerman.19-3-13

Prólogo que escribí para el nuevo libro de Troche.



Los comics de Gervasio Troche son mudos. Yo me imagino que esto se debe a que alguna vez tuvo una visión del cosmos interior tan poderosa que lo dejó sin palabras.

Y, luego, solo quedó la posibilidad del dibujo.

“Yo dibujo con la goma”, me comentó en alguna ocasión. Claro que se refería, entonces, al acto de borrar el lápiz de la página. Pero creo que también quería explicarme que sus dibujos son invisibles. Al menos eso le sugerí. No porque no sean visibles para el ojo humano, sino porque se transparentan y permiten percatarse del espacio y la paz que flota debajo de ellos. O dicho de otra manera: logra concretar el aire en papel.

Por medio de estos dibujos lo conocí a Gervasio, sin conocerlo. Y luego cuando finalmente nos cruzamos, en Buenos Aires, pude ver a una persona alineada con su obra de forma muy natural.

La honestidad no se puede fingir y menos aún en un dibujo. Por eso, me atrevo a decir que estos dibujos también son invisibles porque dejan ver a una persona que no esconde sus sentimientos. Troche es un soñador, un hombre con una misión que trasciende las rutinas de nuestras vidas.

En sus páginas es común encontrarse con telescopios, linternas, faroles y ventanas. La cuestión, para Gervasio, es poder mirar. Aunque tampoco sabe qué es lo que está buscando. Tan solo indaga y luego nos enseña una pequeña parte de aquello que fue indagado. Pero esa pequeña parte es, para muchos, un valioso regalo.

Lo interesante es que los telescopios parecen apuntar hacia afuera, por la ventana, buscando los astros más lejanos. Pero en realidad miran para adentro. Un tipo de telescopio que es la gracia de algunos poseer. Que ni el más avanzado científico podría construír. El que permite la observación directa de lo que acontece adentro.